Hubo un martes —ya no recuerdo el mes exacto— en el que me senté por la tarde y me di cuenta de que no podía recordar cómo había pasado el día. Había respondido correos, hecho llamadas, comido algo en el escritorio, preparado una sesión. Todo estaba hecho. Pero yo no había estado presente en ninguno de esos momentos. Me había movido por el día como quien cruza una ciudad sin verla.

Eso me asustó más que cualquier crisis que haya vivido. Porque no era un día malo. Era un día cualquiera. Y precisamente ahí estaba el problema.

El modo automático no es pereza — es supervivencia

Quiero ser honesta sobre algo: el piloto automático no es una falla de carácter. Es una respuesta inteligente del sistema nervioso ante la sobrecarga. Cuando tenemos demasiado que procesar —demasiadas decisiones, demasiadas responsabilidades, demasiada presión— el cerebro empieza a automatizar para ahorrar energía.

El problema no es el mecanismo. El problema es cuando ese mecanismo se convierte en el modo predeterminado de toda tu vida. Cuando no estás en modo automático para sobrevivir una semana difícil, sino que llevas meses —o años— sin estar realmente presente en tu propia historia.

3 señales de que lo estás viviendo

La primera es que los días se sienten idénticos aunque objetivamente sean distintos. Te levantas, haces las cosas, te acuestas, y hay una sensación de que el tiempo se mueve solo, sin que tú lo habites de verdad.

La segunda es que cuando alguien te pregunta “¿cómo estás?” tu respuesta automática es “bien” antes de que hayas tenido tiempo de reflexionar si realmente es así. No es que estés mintiendo. Es que ya no consultas tu interior antes de responder.

La tercera —y quizás la más reveladora— es que haces cosas que antes te daban alegría y ahora simplemente las haces. Sin el sabor. Sin la presencia. Como cumpliendo un requisito.

No es que la vida se haya vuelto gris. Es que dejaste de verla en color porque estabas demasiado ocupada atravesándola.

— Eugenia Guzmán

Lo que me sacó del automático

No fue un retiro espiritual ni una crisis enorme. Fue algo mucho más sencillo y más exigente al mismo tiempo: empecé a hacerme una pregunta al final de cada día. “¿Qué estuve viendo hoy de verdad?”

No qué hice. No cuánto avancé. Qué estuve viendo. Y durante los primeros días, la respuesta era casi siempre: nada. Estaba mirando la pantalla, pero no la estaba viendo. Estaba con personas, pero no estaba con ellas.

Poco a poco fui eligiendo uno o dos momentos al día para reconectar con lo que estaba pasando a mi alrededor. Una conversación sin el teléfono cerca. Una caminata sin audífonos. Una comida donde realmente probé lo que estaba comiendo. No porque leyera que era bueno hacerlo, sino porque empecé a tener hambre de presencia.

Tu cuerpo sabe cuando estás ausente. Lo registra como una forma de soledad que no tiene que ver con estar acompañada. Es la soledad de no estar contigo misma. Y cuando empiezas a notarlo, tienes la posibilidad de elegir de otra manera.

Salir del modo automático no requiere hacer menos cosas. Requiere estar en las que ya estás haciendo. Elegir tu ritmo en lugar de que el ritmo te elija a ti.

La vida que quieres no está en el futuro. Está en la manera en que decides estar presente hoy.