Había días en que llegaba a la primera reunión de la mañana con ese pensamiento instalado ya desde temprano: “En cualquier momento me van a descubrir.” No sé qué esperar que descubrieran exactamente. Que no sabía lo suficiente. Que estaba improvisando más de lo que parecía. Que el éxito que los demás le atribuían a mis decisiones era en realidad fortuna, o el trabajo de mi equipo, o algo que yo no podía reclamar del todo. Yo era directora de tres instituciones educativas, llevaba años en el sector, tenía resultados medibles. Y aun así, la sensación de fraude no se iba.
Eso es el síndrome de la impostora: no es falta de logros ni falta de preparación. Es la incapacidad de internalizar tus propios éxitos. La voz que dice que lo que tienes no es tuyo del todo, que tarde o temprano alguien va a ver lo que hay detrás y vas a quedar expuesta. Y lo que lo hace especialmente traicionero es que el éxito no lo apaga. A veces lo intensifica. Cuanto más responsabilidad tenía, más fuerte era la sensación de que no la merecía.
Por qué las mujeres lo vivimos más (y distinto)
No es que los hombres no vivan el síndrome de la impostora —también les pasa—, pero hay algo en cómo nos lo aplicamos las mujeres que es distinto. Nosotras tendemos a atribuir nuestros logros a factores externos —el equipo, la suerte, el momento— y nuestros fracasos a factores internos —no soy suficiente, no estoy lista—. Los hombres tienden a hacerlo al revés.
Además, muchas crecimos en entornos donde mostrarse segura era arrogancia, donde hablar de los propios logros era vanidad, donde el lugar adecuado para una mujer era el de la modestia. Y entonces interiorizamos que minimizarnos es la actitud correcta. El síndrome de la impostora no aparece de la nada: tiene historia. Tiene cultura. Tiene las voces de todas las personas que nos enseñaron a achicarnos.
El éxito no te vacuna contra sentirte un fraude. A veces la cura no es más logros, sino aprender a recibir los que ya tienes.
— Eugenia GuzmánLo que no te ayuda aunque te lo juren
Me dijeron muchas veces que lo que necesitaba era más confianza en mí misma. Como si la confianza fuera algo que se enciende con un interruptor. No funciona así. Decirle a alguien con síndrome de la impostora que “crea más en sí misma” es como decirle a alguien con miedo a las alturas que simplemente deje de tener miedo. El consejo no es malo. Es solo que no llega a donde está el problema.
Tampoco me ayudó acumular más logros pensando que en algún punto iban a ser suficientes para silenciar la voz. No lo fueron. El síndrome de la impostora no se resuelve con más éxito, porque su origen no está en la falta de éxito. Está en cómo procesas e integras lo que ya lograste.
Y lo que menos me ayudó: comparar mi interior con el exterior de otras personas. Ver a mujeres que parecían seguras, que hablaban con aplomo, que no parecían dudar, y concluir que ellas tenían algo que yo no. Lo que no sabía entonces es que muchas de ellas vivían exactamente lo mismo.
Lo que sí me funcionó
La primera cosa fue hablar de ello. No en modo confesión, sino en modo honestidad. Empezar a nombrar lo que sentía —en sesión, con alguna amiga de confianza, eventualmente con mi equipo— y darme cuenta de que no era la única. Hay algo muy liberador en descubrir que esa voz que parecía tan única y tan vergonzosa es en realidad muy común. No la normaliza como algo que hay que cargar para siempre, pero sí la saca del armario.
La segunda fue aprender a registrar evidencia. No como ejercicio de autoayuda, sino de manera práctica: cuando había un resultado bueno, me detuve a reconocer qué había hecho yo específicamente para que pasara. No atribuírselo a la suerte. No minimizarlo. Decir: yo tomé esta decisión, yo conduje esta conversación, yo creí en esta persona antes de que nadie más lo hiciera. Con tiempo, eso construyó una base más sólida que cualquier cantidad de elogios externos.
Y la tercera fue reconocer que la incertidumbre no es evidencia de incompetencia. Que sentir que no sé todo no significa que no soy la persona adecuada para el lugar donde estoy. Las personas más competentes que conozco también dudan. La diferencia es que han aprendido a actuar con honestidad sobre lo que saben y lo que no, sin que eso les invalide.
No digo que el síndrome desapareció del todo. Sigue apareciendo, más pequeño, más manejable. La diferencia es que ahora lo reconozco antes de que me paralice. Y eso, para mí, ya fue suficiente para seguir.
La impostora que vive en ti no es la verdad sobre quién eres. Es el eco de lo que te enseñaron a creer. Y los ecos, con tiempo y honestidad, se van apagando.
