Recuerdo el momento antes de subir a ese escenario como si fuera ayer. Un auditorio lleno, varios cientos de personas sentadas esperando escucharme, y yo en los pasillos traseros con las manos frías y la certeza de que en cualquier momento iban a descubrir que no tenía todo lo que suponían que tenía. No era la primera vez que hablaba en público. Pero era la primera vez que el tamaño de la sala sobrepasaba algo que yo sentía que podía contener.
Subí de todas formas. Hablé. Fue bien. Y cuando bajé, alguien del equipo me dijo “se te ve muy segura ahí arriba”. Y yo pensé: si supieran. Esa distancia entre cómo te ven desde afuera y cómo te sientes por dentro es una de las experiencias más frecuentes del liderazgo, y una de las menos habladas.
El mito de la líder segura
Existe un relato muy instalado sobre el liderazgo femenino que lo associa con la seguridad completa: la mujer que entra a la sala y lo sabe todo, que no duda, que tiene la respuesta antes de que alguien termine la pregunta. Es un personaje. Y como todos los personajes, tiene muy poca relación con la realidad cotidiana de las personas que realmente lideran.
Conozco directoras de empresa, rectoras de universidades, fundadoras de movimientos sociales que me han dicho, en privado, que hay días en que no saben si lo que están haciendo tiene sentido. Que dudan. Que sienten que alguien con más formación, más experiencia o más seguridad lo haría mejor. Ese pensamiento no les impide seguir. Pero está ahí.
El problema no es sentir la duda. El problema es creer que sentirla te descalifica.
“No lideré porque me sentía lista. Lideré porque había algo que hacer y yo era quien estaba ahí.”
— Eugenia GuzmánLo que sí puedes hacer con el miedo presente
Lo primero es reconocerlo. No ante todos — no en cada reunión — pero sí ante ti misma. Negarlo no lo elimina; solo le da más poder. Cuando yo me digo honestamente “esto me da miedo”, algo cambia. El miedo deja de ser una amenaza y se convierte en información. Me dice que algo importa. Que hay algo en juego que me interesa.
Lo segundo es actuar desde tus valores, no desde tu estado emocional. El miedo es una emoción. Los valores son una brújula. Puedo sentir miedo y aun así preguntarme: ¿qué es lo correcto aquí? ¿Qué necesita esta persona, esta situación, este equipo? Cuando me anclo en eso, el miedo ocupa menos espacio.
Lo tercero — y esto me ha costado años aprenderlo — es pedir apoyo sin interpretarlo como debilidad. Liderar no significa saber todo sola. Significa saber cuándo necesitas a alguien más, y tener la integridad de pedirlo. Las líderes que más admiro son exactamente las que mejor saben preguntar, no las que fingen que nunca necesitan.
La diferencia entre actuar a pesar del miedo y fingir que no existe
Hay una diferencia muy concreta entre estas dos cosas, y tiene consecuencias reales en cómo lideras. Cuando actuar a pesar del miedo, llevas esa incomodidad contigo de manera consciente. Puedes ser honesta cuando es apropiado. Puedes decir “esto es nuevo para mí y estoy aprendiendo en el camino”. Eso genera confianza, no la erosiona — porque la gente sabe cuándo alguien está siendo real.
Cuando finges que el miedo no existe, gastas energía en mantener la máscara. Y esa energía deja de estar disponible para lo que realmente importa. Además, la gente que te rodea lo percibe. No saben exactamente qué está pasando, pero sienten que algo no es autentico. Y eso crea una distancia que deteriora la confianza lentamente.
La autenticidad en el liderazgo no significa compartir cada duda con tu equipo. Significa no construir una versión falsa de ti misma que después tienes que sostener. Significa poder decir, cuando corresponde: “No lo sé todavía, pero voy a averiguarlo”. O: “Me equivoqué en esto y vamos a corregirlo”. Eso es liderazgo. No la omnisciencia, sino la honestidad.
La mujer que bajó de ese escenario con las manos todavía un poco frías no era menos líder que la que proyectó desde afuera. Era exactamente la misma persona. Y esa persona — con sus dudas, con su miedo, con su preparación imperfecta — es quién puede conectar de verdad con las personas que la escuchan. Porque nadie quiere seguir a alguien que nunca duda. Quieren seguir a alguien que duda y sigue de todas formas.
No esperes sentirte lista para empezar. Empieza, y la seguridad se construye en el camino, con honestidad y con pasos reales.
